Queridas queridisimas y queridos queridísimos,
Desde Coruña a Almería
cada casa tiene dueña
la Invisible tiene muchas
toda la ciudadanía (La Casa Invisible por verdiales)
La María y yo estamos pensando en comprarnos un marquesado. A decir verdad, a mí me hacía más ilusión un ducado, pero ahí la moza andó fina: "Anda, ya, nos vamos a gastar el dinero en algo que se vende en los estancos". Oye, cuando la gente tiene razón, hay que dársela. Todo empezó con una cena.
Es uno de esos días que no tienes ganas de ir a comprar y abres la nevera y sólo tienes una langosta, media cebolla, un tomate y un poco de mantequilla. "Pues la hago a la thermidor y no me caliento más la cabeza", me dije. La sencillez es algo que se tiene o no se tiene. Total, que ahí estábamos comiendo con las manos, como la gente del pueblo, y filosofando.
La María es que se toma un vino y lo mismo te habla de Kant que de David Bowie. ¿Has pensado sobre la influencia de Hegel en la toma de postura crítica frente al modelo de producción actual? Nosotros, de continuo. Fue entonces cuando, al parecer, nos sentamos sobre el mando a distancia. Nos quedamos mirando perplejos, porque no sabíamos que teníamos televisión, de tan poco que la vemos. Qué digo poco, nada. De hecho, ni sé por qué la tenemos, si ni la miramos. Ná de ná. En fin, qué sería la vida sin sorpresas y sin reírse de las desgracias ajenas.
"Bueno, ya que estamos, pon La Dos, a ver si echan alguna de Kieslowsky o de Lars von Trier y nos echamos unas risas", comenté. Algo le debía pasar al aparato, porque no había manera de cambiar de cadena. Venga a buscar canales culturales y que nada, oye. Sí, terminamos viendo un programa de esos de meterse en las casas y cotillear si están limpias y si bajan la tapa del váter. Este era sobre la nobleza.
Chacho, casi acabamos llorando mientras repelábamos las pinzas de nuestro crustáceo. La aristocracia tiene un sinfín de apreturas. "Mi vida sería mucho más sencilla sin esta casa", apuntaba una señora mientras dos mujeres detrás pulían la plata. La María levantaba la vista hacia el cielo y se preguntaba por qué mientras que un servidor intentaba tranquilizarla. No había modo.
"Mira tú, la pobre", gimoteaba y gimoteaba hasta que también a mí se me cayó el alma a los pies. Tuve que dejar la copa de borgoña y todo sobre el aparador. La Revolución Francesa, la de Octubre y ahora esto. ¿Qué más quieres, pueblo?
Es la hora de ofrecerse. Por lo pronto, ya me he comprado un batín, dos perros marca beagle, una chimenea y una escopeta de caza. La María, por su parte, va a lucir aún más señora con los herretes de diamantes que hemos encargado y los nuevos trapitos de Roberto Torreta. Llevamos toda la semana ensayando y tenías que ver como alzamos la mirada y arrugamos la nariz.
Señora marquesa, cuando usted quiera, nosotros nos hacemos cargo del chabolo. Por cierto, a ver si aprende a bajar la tapa al salir del baño, que ya le vale.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 7 de octubre de 2011
viernes, 30 de septiembre de 2011
Pesos y medidas
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
Vino que del cielo vino,
vino con tanto primor,
que al hombre, sin saber letras,
lo hizo predicador. (*)
Hay que echarle valor. Te presentas en la Academia Francesa de las Ciencias y sueltas: "Un año llevo currándome esto, lo vais a flipar". Entonces plantas una barra de metal encima de la mesa. Los científicos que te miran ojipláticos y tú: "Va a ser una nueva unidad de medida, que se va a llamar metro, y que va a usar todo el mundo". Y allí la peña con la bata blanca dándose codazos y sacándose cosas de los bolsillos.
"Espera, espera que yo tengo aquí una moneda de un franco, que se va a llamar redondel y que se va a usar para medir todas las circunferencias del mundo". Y otro: "Un momento, un momento, que voy a presentar un pañuelo, que se va a llamar blanco inmaculado y lo vamos a emplear para medir todos los tonos de color del mundo". Pelusas, llaves, tickets del super... unas risas.
Lo de los pesos fue por el estilo. "Hala, tengo aquí un cilindro metálico que se va a llamar kilogramo y tira millas". Que sí, Françoise, que sí.
Antes de seguir, mira en tu interior y piensa en las reuniones a las que vas. Ahora quítale el powerpoint y dime que tienes mucho más que una barra de metal. No me bajes la mirada, que es viernes, anda.
Hay tardes que caen por su propio peso. Ayer, sin ir más lejos, que me dijo un compañero de tomar una caña al salir del trabajo. "Vale, una y nos vamos". Siempre encuentra uno la horma de su zapato. Nos pedimos la última media docena de veces. Luego me llamó La María. Que qué haces, que no te da vergüenza, que yo aquí esperándote en el bar. Total, que me fui a cumplir con mi señora. Otras cuantas cañas para que no se creyera que la hacía de menos.
Al final vuelve uno a casa casi flotando, liviano. Al despertar, curioso, la cabeza pesa y pesa. En estos momentos, con la historia como testigo, es el momento de preguntarse: "¿Dónde estaba la medida cuando tanto la necesité?".
Esta de arriba es un clasicazo que se ha mandado el tito Andrés. Mil gracias.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
Vino que del cielo vino,
vino con tanto primor,
que al hombre, sin saber letras,
lo hizo predicador. (*)
Hay que echarle valor. Te presentas en la Academia Francesa de las Ciencias y sueltas: "Un año llevo currándome esto, lo vais a flipar". Entonces plantas una barra de metal encima de la mesa. Los científicos que te miran ojipláticos y tú: "Va a ser una nueva unidad de medida, que se va a llamar metro, y que va a usar todo el mundo". Y allí la peña con la bata blanca dándose codazos y sacándose cosas de los bolsillos.
"Espera, espera que yo tengo aquí una moneda de un franco, que se va a llamar redondel y que se va a usar para medir todas las circunferencias del mundo". Y otro: "Un momento, un momento, que voy a presentar un pañuelo, que se va a llamar blanco inmaculado y lo vamos a emplear para medir todos los tonos de color del mundo". Pelusas, llaves, tickets del super... unas risas.
Lo de los pesos fue por el estilo. "Hala, tengo aquí un cilindro metálico que se va a llamar kilogramo y tira millas". Que sí, Françoise, que sí.
Antes de seguir, mira en tu interior y piensa en las reuniones a las que vas. Ahora quítale el powerpoint y dime que tienes mucho más que una barra de metal. No me bajes la mirada, que es viernes, anda.
Hay tardes que caen por su propio peso. Ayer, sin ir más lejos, que me dijo un compañero de tomar una caña al salir del trabajo. "Vale, una y nos vamos". Siempre encuentra uno la horma de su zapato. Nos pedimos la última media docena de veces. Luego me llamó La María. Que qué haces, que no te da vergüenza, que yo aquí esperándote en el bar. Total, que me fui a cumplir con mi señora. Otras cuantas cañas para que no se creyera que la hacía de menos.
Al final vuelve uno a casa casi flotando, liviano. Al despertar, curioso, la cabeza pesa y pesa. En estos momentos, con la historia como testigo, es el momento de preguntarse: "¿Dónde estaba la medida cuando tanto la necesité?".
Esta de arriba es un clasicazo que se ha mandado el tito Andrés. Mil gracias.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 23 de septiembre de 2011
Duelos
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
En La Rioja no hay tranvías,
tampoco tenemos metro,
pero tenemos un vino
que resucita a los muertos. (*)
Las manchas del honor se lavan con sangre. Eso lo sabe cualquier criaturita que haya pisado una escuela. El patio del colegio, o el callejón de detrás, siempre fueron los sitios indicados para estos tejemanejes. "Te espero en el callejón" era la frase que marcaba el antes y el después de una tunda de categoría.
Uno, es decir yo, siempre fue cobarde hasta la náusea y huyó de estos enfrentamientos como de un libro de Paulo Coelho, dándole a su honor un aspecto bastante astroso, para qué vamos a engañarnos -entendedme, estaba llamado a escribir este blog-. Por eso quise ver la película.
Los duelistas es un film de Ridley Scott en el que por un quítame allá esas pajas los protagonistas se lían a mandobles en un suspiro (y el que dice pajas, dice polvos, aunque todos sepamos la de años que median entre ambos). Esto pasa allá por los tiempos de Napoleón, entre campaña y campaña por la dominación mundial. Chacho, qué de castañas se dan. Me la recomendó el Pedro el otro día, un zagal que lo mismo hace reiki que acupuntura, e igual te da un masaje que te organiza un trekking por los Pirimeos. No sé tú, pero yo le suelo hacer caso a la gente que tiene la cabeza llena de pájaros (¿no oyes el pío pío, Pedro?).
La impresión fue de órdago. Tanto que fue terminar y, sin pensármelo dos veces, me arrojé a la calle con la María, vestido con mi pijama y un cazo por montera para ventilar viejos agravios escolares. La María, de más está decirlo, iba como acostumbra: elegante sin estridencias. Para esta contienda eligió vestido de raso blanco y cuello de barco con drapeados en el busto. La nota de color la daba un tocado sutil de gasa color borgoña combinado con unos manolos etéreos que dibujaban el aire mientras realzaban su estilizada figura.
La terraza del bar, como siempre, estaba llena y nosotros, además, habíamos quedado con unos cuantos amigos. Si has estado en la capital sabrás que es más fácil encontrar el Santo Grial que lugar al relente en una bodega. Grandes crisis nerviosas se han fraguado en el intento.
Al principio, fingiendo indolencia, quedamos a la espera de un lugar donde acomodarnos, mientras que, para mis adentros, me preguntaba que haría Arturo Pérez-Reverte en una situación así. Ya me estaba remangando la camisa y preparando unos cuantos improperios de los gruesos cuando se levantó una pareja.
En Madrid, uno pierde la inocencia provinciana a la par que la educación. Como un chacal sobre su presa, cogí a mi dama de la mano y, después de pasar por encima de dos mesas, empujar a tres grupos y adelantarnos a otra pareja, nos sentamos como los señores que somos, contemplando al tendido. Estaba crecido, gensanta, y era capaz de conseguir cualquier cosa. Las miradas de odio se cernían sobre mí y me alimentaban como si fuera portugués y entrenador de fútbol. Entonces, ocurrió.
Una bestia parda se acercó a pedirme explicaciones por mi comportamiento. Era un ser colosal, casi mitológico. El fenotipo clásico del matón de colegio. La terraza, atestada de gente, nos observaba. Siglos habían tardado en encontrar una mesa, pero por fin disfrutaban de un espectáculo acorde a su esfuerzo. Esa era la mía y, con toda la voz que había callado durante décadas de humillación, espeté: "Espérame en el callejón".
El ogro aquel, seguro de su victoria, no se lo pensó dos veces y abandonó su lugar en busca de la zona indicada. Conforme se perdió de vista, juntamos las dos mesas e invitamos a los amigotes a acompañarnos. El troll aquel volvió, claro, pero ante ocho se es menos valiente que ante un esquife como yo. El honor, ya sabes, es como la virginidad. Una vez que lo pierdes se te abre todo un mundo de posibilidades. ¡Salud!
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
En La Rioja no hay tranvías,
tampoco tenemos metro,
pero tenemos un vino
que resucita a los muertos. (*)
Las manchas del honor se lavan con sangre. Eso lo sabe cualquier criaturita que haya pisado una escuela. El patio del colegio, o el callejón de detrás, siempre fueron los sitios indicados para estos tejemanejes. "Te espero en el callejón" era la frase que marcaba el antes y el después de una tunda de categoría.
Uno, es decir yo, siempre fue cobarde hasta la náusea y huyó de estos enfrentamientos como de un libro de Paulo Coelho, dándole a su honor un aspecto bastante astroso, para qué vamos a engañarnos -entendedme, estaba llamado a escribir este blog-. Por eso quise ver la película.
Los duelistas es un film de Ridley Scott en el que por un quítame allá esas pajas los protagonistas se lían a mandobles en un suspiro (y el que dice pajas, dice polvos, aunque todos sepamos la de años que median entre ambos). Esto pasa allá por los tiempos de Napoleón, entre campaña y campaña por la dominación mundial. Chacho, qué de castañas se dan. Me la recomendó el Pedro el otro día, un zagal que lo mismo hace reiki que acupuntura, e igual te da un masaje que te organiza un trekking por los Pirimeos. No sé tú, pero yo le suelo hacer caso a la gente que tiene la cabeza llena de pájaros (¿no oyes el pío pío, Pedro?).
La impresión fue de órdago. Tanto que fue terminar y, sin pensármelo dos veces, me arrojé a la calle con la María, vestido con mi pijama y un cazo por montera para ventilar viejos agravios escolares. La María, de más está decirlo, iba como acostumbra: elegante sin estridencias. Para esta contienda eligió vestido de raso blanco y cuello de barco con drapeados en el busto. La nota de color la daba un tocado sutil de gasa color borgoña combinado con unos manolos etéreos que dibujaban el aire mientras realzaban su estilizada figura.
La terraza del bar, como siempre, estaba llena y nosotros, además, habíamos quedado con unos cuantos amigos. Si has estado en la capital sabrás que es más fácil encontrar el Santo Grial que lugar al relente en una bodega. Grandes crisis nerviosas se han fraguado en el intento.
Al principio, fingiendo indolencia, quedamos a la espera de un lugar donde acomodarnos, mientras que, para mis adentros, me preguntaba que haría Arturo Pérez-Reverte en una situación así. Ya me estaba remangando la camisa y preparando unos cuantos improperios de los gruesos cuando se levantó una pareja.
En Madrid, uno pierde la inocencia provinciana a la par que la educación. Como un chacal sobre su presa, cogí a mi dama de la mano y, después de pasar por encima de dos mesas, empujar a tres grupos y adelantarnos a otra pareja, nos sentamos como los señores que somos, contemplando al tendido. Estaba crecido, gensanta, y era capaz de conseguir cualquier cosa. Las miradas de odio se cernían sobre mí y me alimentaban como si fuera portugués y entrenador de fútbol. Entonces, ocurrió.
Una bestia parda se acercó a pedirme explicaciones por mi comportamiento. Era un ser colosal, casi mitológico. El fenotipo clásico del matón de colegio. La terraza, atestada de gente, nos observaba. Siglos habían tardado en encontrar una mesa, pero por fin disfrutaban de un espectáculo acorde a su esfuerzo. Esa era la mía y, con toda la voz que había callado durante décadas de humillación, espeté: "Espérame en el callejón".
El ogro aquel, seguro de su victoria, no se lo pensó dos veces y abandonó su lugar en busca de la zona indicada. Conforme se perdió de vista, juntamos las dos mesas e invitamos a los amigotes a acompañarnos. El troll aquel volvió, claro, pero ante ocho se es menos valiente que ante un esquife como yo. El honor, ya sabes, es como la virginidad. Una vez que lo pierdes se te abre todo un mundo de posibilidades. ¡Salud!
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 16 de septiembre de 2011
Una temporada para silbar
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
Dime dónde vas, morena,
dime dónde vas, salada,
dime dónde vas, morena,
a las dos de la mañana.
No cocina, pero tampoco muerde. ¿Es un perro? ¿Un político retirado? No. Es un ama de llaves que se ofrece en un anuncio por palabras. Con esas palabras. Mil quinientas millas más allá hay un viudo con tres hijos que batalla cada día con los fogones para ofrecer a su prole un rancho infecto. Incapaz de hacer un huevo frito ni de pelar una patata. En fin, un hombre de principios del siglo XX. ¿Te acuerdas de aquello?
No teníamos entonces tanto sifón ni tanta esferificación y ni siquiera nos lavábamos los dientes a diario. Ni siquiera nos lavábamos, de hecho, y bien lozanos que estábamos. No como ahora, que los jóvenes no tenéis respeto, Witiza, ni educación, Witérico, cof cof, ni siquiera sabéis pescar truchas con mosca, Ataulfo, y os creéis que nacen en bandejas de plástico, Amalarico. Antes era otra cosa y respetábamos a nuestros mayores, Wamba, y eramos capaces de salpicar una conversación con doctas referencias a los reyes godos, por ejemplo, pero qué vais a saber vosotros, que sois un hatajo de desgarramantas, que ni para colgaros los abrigos encima servís. Lo único en lo que pensáis es...
Perdona, que se ha escapado otra vez el cascarrabias del lunes. Vuelvo. ¿Por qué alguien que necesita que le cocinen contrata a alguien que no sabe cocinar? Pues no sé si la vida será así, pero la literatura, seguro. ¿Qué pasa que te ha dado hoy por las preguntitas? Vale, pues tengo una para ti. Si no os aguantabais, ¿por qué os despertasteis en la misma cama? Hala, ya tienes material para la reflexión.
Criaturitas, tampoco es cuestión de pasarse el fin de semana entero bebiendo y bailando, ¿no? En un rato muerto que tengas, acércate a la biblioteca, o a la librería, y hazte con "Una temporada para silbar", de Iván Doig. Recomendado después de leer solo un capítulo, como si fuera un crítico de verdad. Placer sin resaca. Ponte otra.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
Dime dónde vas, morena,
dime dónde vas, salada,
dime dónde vas, morena,
a las dos de la mañana.
No cocina, pero tampoco muerde. ¿Es un perro? ¿Un político retirado? No. Es un ama de llaves que se ofrece en un anuncio por palabras. Con esas palabras. Mil quinientas millas más allá hay un viudo con tres hijos que batalla cada día con los fogones para ofrecer a su prole un rancho infecto. Incapaz de hacer un huevo frito ni de pelar una patata. En fin, un hombre de principios del siglo XX. ¿Te acuerdas de aquello?
No teníamos entonces tanto sifón ni tanta esferificación y ni siquiera nos lavábamos los dientes a diario. Ni siquiera nos lavábamos, de hecho, y bien lozanos que estábamos. No como ahora, que los jóvenes no tenéis respeto, Witiza, ni educación, Witérico, cof cof, ni siquiera sabéis pescar truchas con mosca, Ataulfo, y os creéis que nacen en bandejas de plástico, Amalarico. Antes era otra cosa y respetábamos a nuestros mayores, Wamba, y eramos capaces de salpicar una conversación con doctas referencias a los reyes godos, por ejemplo, pero qué vais a saber vosotros, que sois un hatajo de desgarramantas, que ni para colgaros los abrigos encima servís. Lo único en lo que pensáis es...
Perdona, que se ha escapado otra vez el cascarrabias del lunes. Vuelvo. ¿Por qué alguien que necesita que le cocinen contrata a alguien que no sabe cocinar? Pues no sé si la vida será así, pero la literatura, seguro. ¿Qué pasa que te ha dado hoy por las preguntitas? Vale, pues tengo una para ti. Si no os aguantabais, ¿por qué os despertasteis en la misma cama? Hala, ya tienes material para la reflexión.
Criaturitas, tampoco es cuestión de pasarse el fin de semana entero bebiendo y bailando, ¿no? En un rato muerto que tengas, acércate a la biblioteca, o a la librería, y hazte con "Una temporada para silbar", de Iván Doig. Recomendado después de leer solo un capítulo, como si fuera un crítico de verdad. Placer sin resaca. Ponte otra.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 9 de septiembre de 2011
Indiscreción
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
Chipirrisqui chirrisqui botera,
quiero cantar una jota,
Y chipirrisqui chirrisqui botera.
Una jota castellana,
una jota comunera.
El Manuel nació en Huelva, pero podía haberlo hecho en el Siglo de Oro. Quizá te parezca raro mezclar espacio y tiempo, pero ya sabemos que Huelva es eterna. Resulta que el hombre no para de tener hallazgos lingüísticos y encuentros intempestivos. De lo primero ya hablaremos en otra ocasión. Vayamos a lo segundo. Esto quizá no se debería contar, de hecho sobra el quizá, pero qué le vamos a hacer, el periodismo se construye a base de deslealtades y algo tendría que aprovecharme de la carrera.
El fin de semana pasado se dejó caer por aquí. Este hombre tiene el punto ralentí, que tú no te das cuenta de que te estás alicatando porque vas al tran tran, hasta que quieres ponerte en pie y averiguas que no tienes batería. Aún así, llegamos a la Puerta del Sol, por aquello de hacerle un homenaje a los del 15-Más. Cada cual tiene sus cosas y hay algunas que es mejor hacer solo, así que nos dejó con una lata de cerveza en la mano a la María y a mí.
Los minutos corrían y corrían hasta que volvió. "No sabéis lo que me ha pasao". Esto, que todos conocemos como pregunta retórica, en el Manuel siempre promete. "Estaba tan tranquilo haciendo pis y he oído una voz. Miro y no hay nadie". Le eché un vistazo a su mano como al descuido, por si sostenía algún machete. "Ajá, ajá, y ¿qué te ha dicho?", le pregunté mientras me inquiría a mi vez dónde demonios está la policía cuando no hay concentraciones.
"Oye, no mees ahí, es lo que me ha dicho". La verdad es que, comparado con "mata a tu amigo", me relajó bastante. "¿Y qué has hecho?". "Seguir, ¿qué iba a hacer?" (y todavía hay quien confía en la marcha atrás). "Pero he vuelto a oir la voz". Jodo, a vigilarle las manos de nuevo. "¿Y?". "Otra vez: 'oye, que no mees ahí". Si Lou Reed llega a tener esos delirios nos hubiéramos perdido el "Transformer", pero a saber los váteres que tendríamos.
Luego resultó que estaba en sus cabales. El hombre, apurado, no había aguantado mucho. Dobló una esquina, se sacó la chorra y se puso a la materia. Esto, que cualquier onubense puede hacer en su pueblo sin problema, tiene ciertas peculiaridades si lo haces a cien metros del kilómetro cero. Sobre todo, si no se te ocurre otro sitio que a la espalda de la sede de la Comunidad de Madrid. La voz era de un telefonillo, sí, vía vigilante pegado a un monitor pero, de todas maneras, pa mí que lo del Manuel no fue una urgencia, fue un artículo de opinión.
(Pepe, te he cambiado el nombre para que conserves el anonimato, espero que me disculpes)
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
Chipirrisqui chirrisqui botera,
quiero cantar una jota,
Y chipirrisqui chirrisqui botera.
Una jota castellana,
una jota comunera.
El Manuel nació en Huelva, pero podía haberlo hecho en el Siglo de Oro. Quizá te parezca raro mezclar espacio y tiempo, pero ya sabemos que Huelva es eterna. Resulta que el hombre no para de tener hallazgos lingüísticos y encuentros intempestivos. De lo primero ya hablaremos en otra ocasión. Vayamos a lo segundo. Esto quizá no se debería contar, de hecho sobra el quizá, pero qué le vamos a hacer, el periodismo se construye a base de deslealtades y algo tendría que aprovecharme de la carrera.
El fin de semana pasado se dejó caer por aquí. Este hombre tiene el punto ralentí, que tú no te das cuenta de que te estás alicatando porque vas al tran tran, hasta que quieres ponerte en pie y averiguas que no tienes batería. Aún así, llegamos a la Puerta del Sol, por aquello de hacerle un homenaje a los del 15-Más. Cada cual tiene sus cosas y hay algunas que es mejor hacer solo, así que nos dejó con una lata de cerveza en la mano a la María y a mí.
Los minutos corrían y corrían hasta que volvió. "No sabéis lo que me ha pasao". Esto, que todos conocemos como pregunta retórica, en el Manuel siempre promete. "Estaba tan tranquilo haciendo pis y he oído una voz. Miro y no hay nadie". Le eché un vistazo a su mano como al descuido, por si sostenía algún machete. "Ajá, ajá, y ¿qué te ha dicho?", le pregunté mientras me inquiría a mi vez dónde demonios está la policía cuando no hay concentraciones.
"Oye, no mees ahí, es lo que me ha dicho". La verdad es que, comparado con "mata a tu amigo", me relajó bastante. "¿Y qué has hecho?". "Seguir, ¿qué iba a hacer?" (y todavía hay quien confía en la marcha atrás). "Pero he vuelto a oir la voz". Jodo, a vigilarle las manos de nuevo. "¿Y?". "Otra vez: 'oye, que no mees ahí". Si Lou Reed llega a tener esos delirios nos hubiéramos perdido el "Transformer", pero a saber los váteres que tendríamos.
Luego resultó que estaba en sus cabales. El hombre, apurado, no había aguantado mucho. Dobló una esquina, se sacó la chorra y se puso a la materia. Esto, que cualquier onubense puede hacer en su pueblo sin problema, tiene ciertas peculiaridades si lo haces a cien metros del kilómetro cero. Sobre todo, si no se te ocurre otro sitio que a la espalda de la sede de la Comunidad de Madrid. La voz era de un telefonillo, sí, vía vigilante pegado a un monitor pero, de todas maneras, pa mí que lo del Manuel no fue una urgencia, fue un artículo de opinión.
(Pepe, te he cambiado el nombre para que conserves el anonimato, espero que me disculpes)
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 2 de septiembre de 2011
Jerarquías
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo
ya nadie sabe el autor ("Cualquiera canta un cantar")
Te dejan un rato jugar en la plaza y ya te crees que es tuya. Criaturita. Luego llegan los mayores, se ponen serios y a ver quién les dice que no tienes sueño. Lo que te pasa es que confundiste libertad con libertinaje, te pensaste que todo el monte era orégano y así tenías a tu madre, siempre dispuesta a coger la puerta e irse. Cualquier día hace una locura.
Las jerarquías están para algo. Está feo, pero pongamos de ejemplo este blog. Aquí, La Dirección manda mucho, pero claro, este cuadernillo es él mismo y su circunstancia. Su circunstancia se llama La María y ayer me pasó una coplilla: "Toma, esto es para 'La canción del viernes".
La escuché y me dije: "Nones". La escuché y la escuché, no te creas, y no había manera. "Que no", me gritaban mi adentros. ¿Tú has visto a La María enfurecida? El Katrina parece una brisa primaveral a su lado. Es como Jiménez Losantos después un par de cafés viendo el informativo de La Sexta.
Así que valoré mis posibilidades y decidí que protestaba, pero que después tenía que volver a casa. Reflexioné y flexioné. Los demócratas de toda la vida sabemos a quién obedecer.
Para que La Dirección no se queje, aquí va otra coplilla que me puso el otro día. La semana que viene sólo pongo rocanrol, que lo sepáis:
Bonus track. ¿Se puede uno reir más?
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo
ya nadie sabe el autor ("Cualquiera canta un cantar")
Te dejan un rato jugar en la plaza y ya te crees que es tuya. Criaturita. Luego llegan los mayores, se ponen serios y a ver quién les dice que no tienes sueño. Lo que te pasa es que confundiste libertad con libertinaje, te pensaste que todo el monte era orégano y así tenías a tu madre, siempre dispuesta a coger la puerta e irse. Cualquier día hace una locura.
Las jerarquías están para algo. Está feo, pero pongamos de ejemplo este blog. Aquí, La Dirección manda mucho, pero claro, este cuadernillo es él mismo y su circunstancia. Su circunstancia se llama La María y ayer me pasó una coplilla: "Toma, esto es para 'La canción del viernes".
La escuché y me dije: "Nones". La escuché y la escuché, no te creas, y no había manera. "Que no", me gritaban mi adentros. ¿Tú has visto a La María enfurecida? El Katrina parece una brisa primaveral a su lado. Es como Jiménez Losantos después un par de cafés viendo el informativo de La Sexta.
Así que valoré mis posibilidades y decidí que protestaba, pero que después tenía que volver a casa. Reflexioné y flexioné. Los demócratas de toda la vida sabemos a quién obedecer.
Para que La Dirección no se queje, aquí va otra coplilla que me puso el otro día. La semana que viene sólo pongo rocanrol, que lo sepáis:
Bonus track. ¿Se puede uno reir más?
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
viernes, 26 de agosto de 2011
Reciclaje
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
San Sebastián tiene cosas
que no tiene el mundo entero
tiene playa, tiene Igueldo
y el mejor puerto pesquero
"Vente pa San Sebastián, que es la Semana Grande". Es La Dirección, que siempre está haciendo planes de estudio y recogimiento. Seis horas de autobús son para pensárselas, que no tiene ya uno el cuerpo mochilero y es más de pádel y Ritz. A pesar de todo, corazón indómito, me alargué hasta allí.
Cuando ya empezaba a pensar qué ventajas adaptativas puede tener en nuestra sociedad el adquirir forma de cuatro, llegó el trasto ese a la estación. "Nos vamos a ver a Reincidentes", me dicen a bocajarro. Para quienes no lo sepáis, es un grupo de Sevilla de cuando la adolescencia. Algunos hemos seguido creciendo por el pasar inexorable de las horas y los días. Ellos no, pero vamos a dejar ese tema.
Allí que estamos en una plaza viendo a los susodichos cuando dice el Patxi (palabrita que se llamaba así): "Vamos a comernos un bokata de kalamares (N. del T.: en euskera en el original)". Ahí empecé a plantearme si en vez del Alsa había cogido el Socibus. Casi saco la caña rociera.
El caso es que hacíamos parada y fonda en un pueblete de Guipuzcoa. No sabes tú como son los vascos... y las vacas. Ahí te topas de frente con la realidad. Íbamos subiendo una cuesta parecida a la del monte Calvario, bastante ajumaos, cuando vemos una máquina expendedora. Tú, que tienes mundo, las habrás visto de Coca Cola, de agua, de patatas, incluso de helados. Pues bien, ¿sabes de qué las tienen allí? De leche fresca. Como lo oyes. Pones tu cacharrico y te sueltan un litro. Pues espera, que eso es solo el principio. Todavía queda La Gran Prueba.
Cuando te pones todo concienciado, ¿cuántos contenedores de reciclaje eres capaz de distinguir? Ya te digo yo: vidrio, papel y envases. Pues atento a lo que teníamos en la casa. Aparte de esos, que son para principiantes, estaba el de las gallinas, que se comen lo que tu no quieres; el del compost, que se come lo que no quieren las gallinas; el de basura-basura, que te cabe en la palma de la mano; y el de tu cerebro, que no te sirve para nada ante esa sobreabundancia de oferta. Y aquí es cuando viene La Pregunta: ¿qué se hace con el papelito de las madalenas?* Por si acaso, me lo he traído a Madrid.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
*P.P.D.: Pili, lo que me he acordao de ti y de "Mejorcita de lo mío" con aquello del papel albal (Actualización y fe de autoría, no vayamos a liarla: esto del plagio descarado a amigos o amigas, ¿también se puede llamar homenaje? Lo dicho, Pili, va por ti y por lo que nos hiciste reir con esa frase de Mejorcita). Por cierto, pa quienes no lo sepáis, va a ir ahora a Barcelona con esa (magnífica) obra. No se la perdáis.
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
San Sebastián tiene cosas
que no tiene el mundo entero
tiene playa, tiene Igueldo
y el mejor puerto pesquero
"Vente pa San Sebastián, que es la Semana Grande". Es La Dirección, que siempre está haciendo planes de estudio y recogimiento. Seis horas de autobús son para pensárselas, que no tiene ya uno el cuerpo mochilero y es más de pádel y Ritz. A pesar de todo, corazón indómito, me alargué hasta allí.
Cuando ya empezaba a pensar qué ventajas adaptativas puede tener en nuestra sociedad el adquirir forma de cuatro, llegó el trasto ese a la estación. "Nos vamos a ver a Reincidentes", me dicen a bocajarro. Para quienes no lo sepáis, es un grupo de Sevilla de cuando la adolescencia. Algunos hemos seguido creciendo por el pasar inexorable de las horas y los días. Ellos no, pero vamos a dejar ese tema.
Allí que estamos en una plaza viendo a los susodichos cuando dice el Patxi (palabrita que se llamaba así): "Vamos a comernos un bokata de kalamares (N. del T.: en euskera en el original)". Ahí empecé a plantearme si en vez del Alsa había cogido el Socibus. Casi saco la caña rociera.
El caso es que hacíamos parada y fonda en un pueblete de Guipuzcoa. No sabes tú como son los vascos... y las vacas. Ahí te topas de frente con la realidad. Íbamos subiendo una cuesta parecida a la del monte Calvario, bastante ajumaos, cuando vemos una máquina expendedora. Tú, que tienes mundo, las habrás visto de Coca Cola, de agua, de patatas, incluso de helados. Pues bien, ¿sabes de qué las tienen allí? De leche fresca. Como lo oyes. Pones tu cacharrico y te sueltan un litro. Pues espera, que eso es solo el principio. Todavía queda La Gran Prueba.
Cuando te pones todo concienciado, ¿cuántos contenedores de reciclaje eres capaz de distinguir? Ya te digo yo: vidrio, papel y envases. Pues atento a lo que teníamos en la casa. Aparte de esos, que son para principiantes, estaba el de las gallinas, que se comen lo que tu no quieres; el del compost, que se come lo que no quieren las gallinas; el de basura-basura, que te cabe en la palma de la mano; y el de tu cerebro, que no te sirve para nada ante esa sobreabundancia de oferta. Y aquí es cuando viene La Pregunta: ¿qué se hace con el papelito de las madalenas?* Por si acaso, me lo he traído a Madrid.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
*P.P.D.: Pili, lo que me he acordao de ti y de "Mejorcita de lo mío" con aquello del papel albal (Actualización y fe de autoría, no vayamos a liarla: esto del plagio descarado a amigos o amigas, ¿también se puede llamar homenaje? Lo dicho, Pili, va por ti y por lo que nos hiciste reir con esa frase de Mejorcita). Por cierto, pa quienes no lo sepáis, va a ir ahora a Barcelona con esa (magnífica) obra. No se la perdáis.
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)