Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
Al pasar el río, niña,
te vi las ligas azules
y un poquito más arriba,
sábado, domingo y lunes. (*)
En el centro de Sevilla hay un burdel donde hacen bocadillos. O los hacían, que dice La Dirección que las señoras ya no ejercen la cocina. Se acabó la diversificación. Tú te plantabas allí a las cinco de la mañana, con más necesidad que un ministro en el Banco Central Europeo y te ponían a punto. Los emparedados eran de paté, queso, carne picada, chorizo y cosas así. El colmo del refinamiento. La verdad es que les mirabas las manos, pensabas de dónde vendrían a esas horas y te ibas para casa sin zampar, que mezclar nunca ha sido bueno.
A uno, que es de provincias, ese espíritu emprendedor le impresiona. En Jaén la mancebía quedaba frente a la gasolinera de las afueras y, hasta lo que sé, sólo servían un tipo de comidas. Ahí se ve el cosmopolitismo sevillano.
Lo de Madrid es un paso más hacia la modernidad. Los alrededores de Gran Vía están llenos de lumis y, claro, hay que espabilar. El otro día, dando un garbeo por la zona, me topo con esto:
Nunca había visto publicitar este tipo de bajos a pie de calle pero, oye, estamos una sociedad de mercado. Lo del curtido lo entendí a la primera. "Natural", pensé. Lo del tostado me costó un poco más, pero supuse que serían rubias de bote. Estaba mirando el cartel cuando salió un señor, lo señaló y me dijo: "¿Quieres probar?" La madre que lo parió.
Resultó que el local era un cantina ecuatoriana y aquello es un plato típico del país. Además, vegetariano. "Leñe", pensé, "le quitan a uno todas las ilusiones". Normal, de todas maneras. A ver qué vas a esperar de un negocio que está en la calle Desengaño.
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco herrera!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
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viernes, 15 de junio de 2012
viernes, 18 de febrero de 2011
Chochos
Queridas queridísimas y queridos queridísimos,
En la sierra canta el cuco,
en la torre la cigüeña,
el cura diciendo misa,
yo bebiendo en la taberna. (*)
Nigel Barley se fue al África Negra a estudiar a los lugareños. Se llamaban dowayos, pero eso ahora te da igual, porque estás pensando por qué el título de este post es "Chochos". Pues te esperas un poquito, leñe, que hacen falta unos prolegómenos.
La Antropología se basa, entre otras cosas, en la observación participante, que viene a ser que tú vas a un sitio a cotillear lo que hacen, te instalas allí pretendiendo que no molestas y dices que sí a todo lo que te ofrezcan. Como cuando eras jipi y te dedicabas a costrear en casa de tus amigos.
Lo que pasa es que lo del trabajo de campo está muy mitificado y todos los grandes antropólogos se la han pasado contando a cuántos sitios han ido donde no había aeropuertos, ni agua corriente ni, horror de los horrores, tabernas. Cada uno presume de lo que puede, supongo. Barley se encargó de darle un buen repaso a todos esos estirados en "El antropólogo inocente", que para mí que ya te he recomendado antes.
Mi gusto por la Antropología se despertó en Sevilla. Estaba recién llegado y venía de Jaén que, no os lo toméis a mal, pero Nueva York tampoco es que sea. Lo primero que hace una persona de bien cuando arriba a un sitio nuevo es irse al bar, por lo que hacia allí me encaminé para regalarme una caña de bienvenida. Ni me imaginaba a qué punto podía llegar un recibimiento sevillano.
Estaba acodado en la barra cuando la camarera me pregunta, y doy mi palabra de honor, si es que me queda alguno, de que esto es cierto: "¿Quieres un plato de chochos?". ¿Tú que hubieras dicho? Al fin y al cabo, hemos venido a jugar, ¿no?
Algo de mi corazón se quedó para siempre en ese bar y supe que merecía la pena conocer esa ciudad. Luego resultó que los chochos eran altramuces, pero qué momento, criaturas, qué momento.
Como no podía ser de otra manera:
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: Los titos desembarcan hoy en Madrid. Este fin de semana somos todavía más felices. ¡Bienvenidos!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
En la sierra canta el cuco,
en la torre la cigüeña,
el cura diciendo misa,
yo bebiendo en la taberna. (*)
Nigel Barley se fue al África Negra a estudiar a los lugareños. Se llamaban dowayos, pero eso ahora te da igual, porque estás pensando por qué el título de este post es "Chochos". Pues te esperas un poquito, leñe, que hacen falta unos prolegómenos.
La Antropología se basa, entre otras cosas, en la observación participante, que viene a ser que tú vas a un sitio a cotillear lo que hacen, te instalas allí pretendiendo que no molestas y dices que sí a todo lo que te ofrezcan. Como cuando eras jipi y te dedicabas a costrear en casa de tus amigos.
Lo que pasa es que lo del trabajo de campo está muy mitificado y todos los grandes antropólogos se la han pasado contando a cuántos sitios han ido donde no había aeropuertos, ni agua corriente ni, horror de los horrores, tabernas. Cada uno presume de lo que puede, supongo. Barley se encargó de darle un buen repaso a todos esos estirados en "El antropólogo inocente", que para mí que ya te he recomendado antes.
Mi gusto por la Antropología se despertó en Sevilla. Estaba recién llegado y venía de Jaén que, no os lo toméis a mal, pero Nueva York tampoco es que sea. Lo primero que hace una persona de bien cuando arriba a un sitio nuevo es irse al bar, por lo que hacia allí me encaminé para regalarme una caña de bienvenida. Ni me imaginaba a qué punto podía llegar un recibimiento sevillano.
Estaba acodado en la barra cuando la camarera me pregunta, y doy mi palabra de honor, si es que me queda alguno, de que esto es cierto: "¿Quieres un plato de chochos?". ¿Tú que hubieras dicho? Al fin y al cabo, hemos venido a jugar, ¿no?
Algo de mi corazón se quedó para siempre en ese bar y supe que merecía la pena conocer esa ciudad. Luego resultó que los chochos eran altramuces, pero qué momento, criaturas, qué momento.
Como no podía ser de otra manera:
Besos a tutiplén.
P.D.: ¡Todos somos Blanco Herrera!
P.P.D.: Los titos desembarcan hoy en Madrid. Este fin de semana somos todavía más felices. ¡Bienvenidos!
P.P.D.: ¡Más besos, leñe!
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